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El amor es esa enfermedad incurable,
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viernes, 18 de noviembre de 2011

La caja del cedé. (Un relato)

Como cada amanecer, porque las fosforescentes manecillas verdes del despertador me gritaban que estaba amaneciendo, sentí mi erección apoyada en tus nalgas cálidas y dormidas, me froté la nuca con las yemas de los dedos para despabilarme, y entre la negrura busqué tus labios para besarlos muy suavecito. Tú susurraste algo indescifrable, mientras te tapabas la cabeza con la almohada, y yo salté desnudo a la nueva mañana, pisando la caja del cedé que habría sonado (porque escucharlo, no lo habíamos escuchado) la noche anterior mientras hacíamos el amor, y rompiéndola por las solapas de los laterales del final de la tapa, vamos, por donde tenemos rotas casi todas.

Metido bajo el chorro templado de la ducha, mi polla se endurecía de nuevo, al recordar tus palabras obscenas de hacía unas horas, así que bajé diez grados el termostato y desaparecieron las tensiones.

Me cubrí con tu bata china y corrí escaleras abajo, atraído por el resplandor escarlata que se había adueñado del salón y se prolongaba, a través de los ventanales, por la pradera entre los pinos. Me sentí especialmente feliz mientras me sentaba sobre los talones, arrodillado en la hierba, con los ojos entrecerrados y así estuve meditándote, hasta que los primeros rayos dorados calentaron mi rostro. Los pájaros estaban tan alegres como yo.

Entré de nuevo, cogí la guitarra, que había dormido en el sofá, y dejé que los dedos inventasen una melodía tras otra, hasta que una empezó a sonar a ti y la escribí en papel pautado debajo de tu nombre.

Pasé a la cocina con ese bailecillo de duende paranoico que suelo hacer cuando nadie me mira, y preparé dos zumos de limón con jengibre y abundante jarabe de arce, y una infusión de jazmín, con tres pellizcos de té verde. Cogí la taza y los dos vasos con el dudoso equilibrio de un camarero en prácticas y subí sigilosamente los peldaños hasta el dormitorio.
Al abrir la puerta con un golpe suave de cadera, dejé que mis ojos se adentraran en lo oscuro y esperé hasta que poco a poco fue surgiendo la silueta de tus pies, tus piernas, tu culo, tu espalda,  tu cabello... Entonces me acerqué, me senté a tu lado, dejé las bebidas en la mesilla, te tomé una mano y la sentí muy suave.

  - Hola Sara, hace un día casi tan precioso como tú.
Empezaste a desperezarte ronroneando, mientras la poca luz que se colaba descarada me permitía disfrutar de tus tetas, de tus muslos, del pelo sobre tu rostro... Me acariciaste la cara.
  -Te voy a hacer algo que te va a gustar, separa las piernas  -te ordené. 

Lo que te hice bien lo sabes, no te lo contaré otra vez por miedo a no saber seguir escribiendo. El caso es que, pasada una hora y después de habernos fumado un cigarrillo, tu té estaba frío y yo caliente, aunque en poco tiempo yo solucioné el frío y tú el calor.

Salimos al jardín, yo embobado admirando como, cubierta con ese vestido que es casi de aire, canturreabas mantras mirando al infinito. Después me preguntaste si te seguía, y empezaste a trazar los elegantes movimientos de la tabla de Tai-chi, con tal suavidad, precisión y delicadeza, que ofrecías a mi vista algo bellísimo. Parecías flotar.
  -No me has seguido - dijiste extrañada.
  -Me perdí -contesté mientras te abrazaba por la espalda, caíamos al suelo y rodábamos por la hierba, riendo. Noté un fuerte golpe en la nuca y entre risas tu cara feliz se fue nublando.

Como cada amanecer, porque las fosforescentes manecillas verdes del despertador me gritaban que estaba amaneciendo, sentí mi erección apoyada en la cama fría, me froté la nuca con las yemas de los dedos para despabilarme, y entre la negrura busqué tus labios para besarlos y sólo encontré el vacío helado sin tu cuerpo. Salté desnudo a la nueva mañana, pisando un pequeño frasco de cristal que había contenido algún medicamento, se rompió y las esquirlas de vidrio se clavaron eléctricas en la planta de mi pie.

Metido bajo el chorro de agua helada de la aséptica ducha, rodeada de baldosines blancos, lloré recordando las obscenas palabras que me dijiste un día, y mirando mi polla encogida de frío y miedo, así que subí diez grados el termostato y nada cambió.

Me cubrí con la bata azul que había sobre una silla metálica medio oxidada y corrí escaleras abajo, atraído por el resplandor escarlata que se había adueñado de aquella sala desconocida y se prolongaba, a través de los ventanales, por la pradera entre los pinos. Me sentí especialmente feliz mientras me sentaba sobre los talones, arrodillado en la hierba, con los ojos entrecerrados, y así estuve meditándote, hasta que dos hombres me asieron uno de cada brazo. Demasiado fuertes para lograr separar de ellos mi escuálido cuerpo por más que creí pelear.

  -Sara -llamé. Ambos rieron.

10 comentarios:

Irene Comendador dijo...

¡¡¡¡La virgen!!!! Joder que relato más bueno, que es de los que me gustan, de los que al final te quedas con la boca abierta y decides volverlo a leer para ver si entendiste bien todo lo narrado, was!! Cojonudo. Es maravilloso ese inicio de placer utópico, y con forma van subiendo las notas te engrandeces, hasta que PLAS!!! Un golpe seco en la nuca (como a tu protagonista) y te ves fría y desamparada, inerte...
Maravilloso Julio, te animo, no, te exijo que sigas haciendo este tipo de relatos, que son muy buenos
besos besos y terceros besos

Respirando entre palabras. dijo...

No eres bueno, eres GENIALLLLLLLL!!!!
Jamás me atrapó algo tan fuerte como este post.
Que más puedo decirte, si con solo leerte iluminaste mis ojos como del mismo modo los empañaste.
Felicitaciones!
Besos

Julio G. Martín dijo...

Cuánto me alegra haberos hecho pasar un rato agradable. Gracias por leerme. Besos

monty dijo...

Simplemente MAGNIFICO!!!!

TORO SALVAJE dijo...

Bueno, bueno y requetebueno.
Te felicito por el relato.
Es excelente.
El final es de aplauso.

Saludos.

Ángela dijo...

Impresionante, en serio.
me gusta tu estilo, Julio.
Un beso.

CARLOS dijo...

sensacional

Julio Benavente Caballero dijo...

Tío, me alegra un montgón que te guste.
Gracias.

Mafalda dijo...

Me lo pasé genial leyendo el relato, Julio, de verdad. También intuí, hacia la mita, que algo iba a cambiar repentinamente, que todo daría la vuelta, pero lo imaginé de otro modo.
Es fantástico.
Un abrazo (templado, por aquello de la temperatura).

Julio Benavente Caballero dijo...

Me gustaría saber cómo te imaginaste que cambiaría.
En cualquier caso encantado de que lo pasases bien leyéndolo.
Muchas gracias.
Un abrazo.